JÓVENES CIUDADANOS: Cultura Ciudadana

Para cerrar cada módulo del programa Jóvenes Ciudadanos, los participantes realizan un ensayo sobre alguna de las sesiones. Hoy compartimos el de Jela Anabela López sobre Cultura Ciudadana y Derechos Humanos, uno de los mejores ensayos del tema.

«Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado, no serán conscientes. Ese es el problema»
George Orwell, 1984

A lo largo de la historia la sociedad venezolana se ha caracterizado por tener preferir tener la protección del Estado a través de políticas públicas, materializadas en subsidios, créditos públicos al sector privado, servicios sociales gratuitos, etc. Aun así, para poder financiarlas, los gobernantes han hecho uso de los ingresos de la renta petrolera, haciendo de esta práctica un hábito por más de seis (6) décadas, sin considerar el coste social y económico que ello representa.


La consecuencia de aplicar políticas de protección social por tantos años ha ocasionado un daño en la productividad del país, al haber pocos incentivos –o ninguno- por parte de empresas y/o particulares de integrarse a una economía abierta, en la que el Estado no deba intervenir. Por ello, el paternalismo del Estado venezolano ha fomentado la improductividad y la dependencia a una entidad central a lo largo de nuestra historia republicana, anteriormente con los gobiernos adecos
y copeyanos y actualmente con el régimen chavista-madurista.


Aun así, la condición actual viene dada por varios factores: paternalismo y/o asistencialismo del Estado, excesivo rentismo petrolero, elevados índices de gasto público y por ende, déficit fiscal, personalización de las instituciones del Estado venezolano y por último, la carencia de cultura política.

Ciertamente, el proteccionismo de un Estado hacia sus ciudadanos constituye un acto atroz para el sistema productivo en el cual son partícipes: al respecto, Dieterlen (1988) expresa que según la crítica de la derecha, el paternalismo evita que la sociedad progrese, por ello expresa:

Primero, al tomar decisiones en favor de los grupos menos favorecidos [el paternalismo] impone cargas impositivas y regula el capital, por lo que reduce el incentivo para invertir; segundo, al proteger a ciertos sectores garantizando peticiones y otorgando ciertas titularidades disminuye el incentivo para trabajar, o para trabajar tan productivamente como se haría bajo el reino, sin cadenas, de las fuerzas del mercado. (pp.176)


Curiosamente, si bien Dierten aclara la repercusión que tienen las políticas paternalistas dentro del aparato productivo, entonces ¿Qué sucede cuando después de décadas de estas prácticas, el mismo deja de ser tan eficiente como lo fue en algún momento del pasado? ¿De qué manera impacta esto al sistema político? ¿A dónde queda la confianza en las instituciones del Estado?

De entrada, cuando el Estado interviene dentro del sistema productivo –sea para “regular” las actividades internas, para apoyar al trabajador u otra razón- este poco a poco perderá la calidad que tenía, pues no será valorado de la misma forma –de acuerdo con las acciones que realice el mismo Estado-.


En el caso venezolano, el asistencialismo materializado en subsidios, bajo costo de los servicios básicos (agua, luz, gas, electricidad, etc) e infinitas leyes que amparan –de manera excesiva y desproporcionada- al trabajador han impactado dentro de la producción nacional (como un incentivo negativo). Por otro lado, la praxis de la doctrina igualitaria1 que justifica la existencia de desigualdades sociales e impone la igualdad de resultados dentro de la productividad misma ocasiona de cierta forma una polarización: el grupo que depende de la intervención del gobierno para satisfacer sus necesidades y el grupo que –reconociendo la importancia de ser autosuficiente- se limita a ser sujeto de las acciones del gobierno mismo. A su vez, estos grupos viven una realidad (política y económica) completamente distinta: el primero se encuentra envuelto en las condiciones que imponga el gobierno para seguir manteniendo los “beneficios”; mientras que, el segundo se limita a sobrevivir con sus propios recursos, alejándose de la participación en la política. De esta
manera, existe una fuerte relación entre dependencia, estilo de vida y participación política.


En este orden de ideas, la indiferencia con respecto a los procesos políticos (comicios electorales, manifestaciones pacíficas, etc) de los cuales es partícipe el segundo grupo mencionado, han perdido terreno y se han limitado a sobrevivir. A su vez, el primer grupo –en gran parte- se ha visto fuertemente afectado e igualmente ha estado buscando mecanismos que le permitan satisfacer sus propias necesidades…


La sociedad ha sido educada a partir del clientelismo, la aparente efectividad del caudillismo, el populismo y el excesivo proteccionismo Estatal, como consecuencia de la falta de Cultura Ciudadana: hoy en día el ciudadano venezolano es un sujeto principalmente pasivo al limitarse a satisfacer sus propias demandas y alejarse del cuerpo político.


Entre tanto, la consolidación del chavismo-madurismo ha fortalecido al sistema –no político- venezolano y ha desplazado lo que en décadas anteriores se podía concebir como ciudadanía parroquial a una ciudadanía de súbdito, lo que resulta ideal para su naturaleza totalitaria.


Tras la instauración de la democracia en Venezuela con la firma del Pacto de Punto Fijo y el primer resultado de los comicios de 1958 dando a Rómulo Betancourt como ganador de la contienda, es posible considerar que la sociedad venezolana mantenía una ciudadanía participativa: se interesaba por los procesos de participación política, tenía tanto actitud como aptitud para enfrentar los desafíos políticos y respaldaba las reglas mínimas ideales para mantener una sana competencia.


Posteriormente, tras la nacionalización del petróleo y gas venezolano en 1974 y la crisis económica suscitada entre 1980-1992 la sociedad atraviesa por un proceso complejo al no entender los asuntos del poder y limitarse a ver al Estado como el financista oportuno para solventar los males del país. Por ello, tras la destitución del entonces Presidente de la República Carlos Andrés Pérez en 1993, los intentos de Golpe de Estado y las manifestaciones masivas (1992-1993) inició un proceso de
alejamiento y desinterés por la política, apostando como último recurso por el líder
carismático, Hugo Chávez.


Finalizando el gobierno de Chávez (1999-2013), específicamente poco antes de su muerte se puede asegurar que la ciudadanía presente en aquel entonces era del tipo parroquial: reconocía la autoridad del entonces presidente pero no creía en los cambios ni tampoco participaba activamente en los procesos políticos (con excepción de los comicios parlamentarios del año 2015).


Sin embargo, la sociedad se ubica en transición de una ciudadanía parroquial a una ciudadanía de súbdito ante la ausencia de motivación y deseo de participar en las actividades políticas y el desuso de la razón para los asuntos políticos, dejándose llevar por el medio. Esto último resulta de vital importancia para el régimen –no político- venezolano: deshacer la razón como instrumento de consciencia.


Una propuesta para fortalecer la cultura ciudadana de acuerdo con la complejidad de los procesos políticos y económicos en Venezuela, a mi parecer, debe partir de la eliminación de los prejuicios que existen actualmente –ya que han sido los prejuicios los que han posicionado al chavismo en el poder-. Reconociendo que para Adrent, H (2018):


El peligro del prejuicio reside precisamente en que siempre está bien anclado en el pasado y por eso se avanza al juicio y lo impide, imposibilitando con ello tener una verdadera experiencia del presente. Si queremos disolver los prejuicios primero debemos redescubrir los juicios pretéritos que contienen, es decir, mostrar su contenido de verdad (p.15).


El diseño de una solución al problema actual debe iniciar dando a conocer fundamentos teóricos y prácticos básicos de la política: paternalismo, diferencias entre Estado y Gobierno, ciudadanía, economía de libre mercado, etc. Esto podría llevarse a cabo a través de una campaña de difusión masiva que vaya acompañada de diferentes Organizaciones No Gubernamentales (ONG), universidades, movimiento estudiantil, sindicatos y medios de comunicación con la finalidad de dilucidar uno de los prejuicios más graves que permanece latente hoy en día: que la democracia y la política no sirven.